Cartas a mis padres muertos
Del cine documental suele hablarse en tiempo pretérito: como si fuera una excavación en la memoria, como si fuera alguien que desempolva álbumes olvidados. Pero Ignacio Agüero, a sus 73 años, elige el presente para invocar a quienes ya no están. En «Cartas a mis padres muertos», el cineasta chileno convierte las calles, paredes, flores e imágenes de archivo en conjuros de nigromancia poética que, más que adivinar, evocan.
En el jardín de la casa familiar, Agüero pone al día a sus padres muertos sobre cincuenta años de ausencias: las propias, las de un país, las de aquellos que están desaparecidos. Conversa epistolarmente con ellos a través de flores que crecen tercas, paredes que fueron testigos, calles que han cambiado de apariencia pero no de fantasmas.
Las ideas se despliegan sin ánimo de demostrar una tesis; son más bien preguntas que abren caminos y que nos invitan a recorrerlos con ligereza y cierto humor. El mismo Agüero dice que practica la divagación como estrategia narrativa y esta película se construye así, sobre la marcha, cuestionándose a sí misma imagen tras imagen, palabra tras palabra, con una vacilación que viene de la curiosidad, como la de quien camina por primera vez por un jardín con parsimonia e interés, sin ninguna prisa. En el filme no hay ideas fijas sino solo en movimiento: se nos plantea un camino sin mapa, no un destino.
¿Puede el cine invocar muertos? ¿Puede el humor iluminar la sombría historia política de una nación? Agüero no responde, pero nos ofrece posibles respuestas filmando como quien pone una ofrenda para fantasmas queridos: la cámara se vuelve médium y puente, sus imágenes convocan y aquellos que no están más, de alguna forma misteriosa, responden.
Cinemateca de Bogotá Centro