El hogar fue sepultado en esa tierra
Esta película es la representación de una intimidad atravesada por la violencia, en la que el recuerdo se rescata a partir de elucubraciones y remembranzas acompañadas por fotografías antiguas y barridas que hacen de cauce para un río que estará presente hasta el final, como dolorosa metáfora sobre el olvido, la muerte y el duelo por quien desaparece. Lo íntimo representado pretende encontrar las claridades que la confusión onírica deja a razón de la herida y del trauma del pasado. Las luces siempre aparecen difuminadas, como si intentaran en vano iluminar esos espacios que el recuerdo no puede discernir. La memoria es aquí una imagen borrosa, casi invisible. La mayoría de sus partes habrán de ser imaginadas, soñadas, olvidadas. «¿A dónde van las personas con las que sueño todas las noches? O, más bien, ¿de dónde vienen?», se pregunta Deimer Quintero, la voz del director que nos acompaña durante todo el documental en tres temporalidades: niñez, adultez y vejez. La voz del niño enuncia desde la inocencia, como testigo y víctima de su contexto; en sus palabras el juego es siempre un lugar seguro. El adulto narra, se enfrenta a sus miedos y traumas, se cuestiona constantemente. El anciano es solemne; su palabra deja ver la nostalgia por el retorno, la pérdida y el abandono, una resignación inconclusa.
Este documental nos demuestra que todavía queda muchísimo por decir sobre la violencia cuando hay una conciencia comprometida con el dispositivo y el lenguaje cinematográfico. Las sutiles metáforas para enunciar la masacre y el dolor resultan en un relato profundamente conmovedor y sensible, en el que se puede encontrar un espacio noble y sanador para quienes hemos sufrido la historia de Colombia.
Cinemateca de Bogotá Centro